25 de octubre de 2021

Festival de San Sebastián 2021: Crónica 4

De madres y padres, hijos e hijas.

Las relaciones de amor y odio que tenemos con nuestras madres y padres podrían seguramente resumir cada pequeño detalle de nuestro ser. No es de extrañar, pues, que este vínculo sea la esencia y razón de ser de muchas expresiones culturales, de muchas películas, por ejemplo. Y en esta 69ª edición del Festival de Cine de San Sebastián hemos visto tres muy buenos ejemplos de ello. La primera y más bella de todas: Petite Maman, vista en la sección de Perlas.

El talento que tiene Céline Sciamma para trasladar a la pantalla las emociones, el amor y los tormentos del corazón. Es un auténtico placer reencontrarse de nuevo con la delicadeza y fuerza de sus películas en esta edición del Festival de San Sebastián. En este caso, con poco más que una cabaña en el bosque, cuatro paredes y un papel pintado, Sciamma firma un precioso cuento sobre las relaciones maternofiliales, la amistad y el duelo. En el centro de todo ello, una niña de ocho años, Nelly, que acaba de perder a su abuela y siente que no puede conectar con su madre, no puede ayudarla a remitir su tristeza.

Pocos retratan como Sciamma el mundo inescrutable de ilusiones, sueños, imaginación sin límites y honestidad pura de una infancia que todos hemos vivido pero que muchas veces olvidamos al llegar a la edad adulta. Pero qué bonito sería pensar por un momento que hay una forma de volver atrás, a ese País de Nunca Jamás, al bosque de los espíritus de Totoro, y poder así compartir la infancia con aquella persona, personas, que nos la dieron. Sciamma nos regala ese encuentro entre generaciones, esa unión entre pasado y futuro. Porque sí, siempre es más fácil abrir el corazón y confesar nuestros miedos y dolores desde el candor de la infancia.

Nos lo dice la realizadora francesa a través de una de las expresiones que mejor se le dan y que mejor sabe hilar con sus guiones: la música. “La chanson n’aura pas pеur de dire ce qu’on a dans le cœur. Le rêve d’être enfin avec toi. Le rêve d’être enfant avec toi.” (La canción no tendrá miedo de decir aquello que tenemos en el corazón. El sueño de estar por fin contigo. El sueño de ser niña contigo).

Distancia de rescate

Y de madres e hijos va también el último trabajo de la directora Claudia Llosa presentado en la Sección Oficial: Distancia de rescate, basada en la novela homónima de Samanta Schweblin. En ella, una mujer agonizante intenta recordar todos los pasos que la han llevado a ese momento crítico, empezando por el momento en que decidió pasar las vacaciones con su hija pequeña en pueblo recóndito del que su padre solía hablarle cuando ella era una cría.

Qué bonita —pero inquietante— es esa idea que da título a libro y película, esa concepción de que una madre está siempre calculando los metros y segundos que la separan de su hijo, siempre a punto para salir a por él antes de que pueda pasar algo malo, antes de que ese hilo invisible que los une pueda tensarse tanto que llegue a quebrarse y, con ello, se rompa el vínculo de amor absoluto entre ambos.

Y qué bien que juega Llosa con ese hilo, tejiendo con él una atmósfera agobiante y tensión in crescendo con la naturaleza como telón de fondo, a veces refugio, a veces jaula, y donde los aliados y enemigos se confunden constantemente en un entrecortado montaje de recuerdos borrosos y detalles pasados por alto. Allí quedan atrapadas las dos protagonistas, dos madres interpretadas por las aquí estupendas María Valverde y Dolores Fonzi. Y con ellas, en realidad, los espectadores, que vamos cogiendo aire poco a poco, a la espera de un desenlace que sin embargo, cuando llega, sorprende por anticlimático.

Mass

Y por acabar, es imposible hablar de amor entre padres e hijos sin sacar a relucir una de las películas más demoledoras que se han podido ver en este Zinemaldia, concretamente en la sección de Nuevos Directores. Debut en la dirección y guion del hasta ahora actor Fran Kranz, Mass llega a Donostia después de pasar con nota por el Festival de Sundance.

Recomendación de una servidora a los espectadores: no leáis sinopsis, no leáis entrevistas, no leáis nada. Dejad que sea el guion, la sobriedad de la puesta en escena y las interpretaciones “in crescendo” de los protagonistas quienes os guíen por los pasajes y reflexiones de este filme, brillante y dolorosa aproximación a una de las peores tragedias que puede vivir una persona, narrada (y sufrida) por las almas atormentadas de dos madres y dos padres. Un dolor que llega hasta la médula e impide respirar, pero que convive con un día a día de nimiedades (o, simplemente, una vida que sigue su curso para los demás), como el director nos recuerda muy hábilmente al inicio y final de la película.

El amor, el odio, el miedo, la culpa, la nostalgia. Son los pilares que sustentan una historia con una realidad de fondo más que compleja, pero que Kranz enfoca con auténtico respeto y desbordante de humanidad. Y lo hace escuchando a sus protagonistas, quizá así para intentar, poco a poco, ir acercando esos dos extremos (siempre inalcanzables) de la mesa en que se sientan los protagonistas. ¡Qué “tour de force” y qué escenas las de Jason Isaacs, Martha Plimpton, Ann Dowd y Redd Birney!

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