7 de diciembre de 2021

Entrevistas: Daniel Brühl

Daniel Brühl: «La película surgió en un bar de Barcelona con un hombre mirándome como si estuviéramos en un western de Sergio Leone.»

El actor barcelonés celebra veinticinco años de carrera en la industria del cine estrenando su primera película como director: La puerta de al lado. Daniel Brühl empezó a despuntar en 2003 con Good Bye, Lenin!, premio al mejor actor incluido en los premios EFA. En estos cinco lustros se ha labrado una filmografía entre Alemania, España (con sendas nominaciones al Goya por Salvador Puig Antich y Eva) y Estados Unidos (laureado con su papel de Niki Lauda en Rush, miembro del MCU de Marvel con su rol de Zemo en Civil War y serie de éxito en Netflix con El alienista). Y estos cinco títulos son una mera representación de una trayectoria en la que también encontramos a Quentin Tarantino o Paul Greengrass.

El actor hispano-alemán estrena este viernes en salas españolas su debut detrás de las cámaras: La puerta de al lado. La película nos presenta a un actor de éxito, interpretado por el propio Daniel Brühl, que antes de viajar a Londres para un casting de una película de superhéroes, entra en un bar para tomar un café y entabla conversación con el misterioso Bruno, el vecino de enfrente de su apartamento.

– Tu primera película como director está protagonizada por un actor. ¿Sentiste que para empezar en este nuevo reto profesional debías agarrarte a temas que conoces de cerca?

Daniel Brühl: Sí, eso siempre me lo han dicho todos los directores cuando comentaba la posibilidad de dirigir una película. No quería levantar un peso demasiado pesado. Me fascinan las películas de época o de ciencia ficción, pero tenía el convencimiento de que para la primera película debía saber muy bien de qué iba a hablar y qué quería contar. De hecho, inicialmente el personaje estaba previsto como un político o un arquitecto, un hombre de éxito y cierta fama que es víctima del vecino, un hombre que es todo lo opuesto a él. Estuve dando vueltas a la idea del morbo que tiene la gente con la exposición de la intimidad de los actores. Me pareció que podría ser otra capa interesante para la película, el personaje evolucionó y finalmente es un actor.

La puerta de al lado

– Y lo interpretas tú mismo…

D. B.: Sí, porque una vez decidí jugar con la figura del actor en esta historia, ya me planteé interpretarlo yo mismo y sentirme más seguro con todo el proyecto. No he tenido ningún problema con la doble función de actor y director, aunque algunos compañeros me recomendaban no protagonizarla. Sí que me daba un poco de respeto, pero el único problema que tuve fue dirigirme y juzgarme a mí mismo. Mis hombres de confianza para valorar mi trabajo fueron el director de fotografía y al asistente de dirección: si ellos me decían “mira no está bien, deberíamos repetir”, repetíamos.

– De hecho, tu personaje está en todas las secuencias de la película. ¿Y no fue complicado aun así?

D. B.: Para nada. Por ejemplo, Peter Kurth es tan gran actor que aunque no viese su trabajo desde fuera mientras estaba actuando, me hizo olvidar que estaba dirigiendo. Al final ha salido una película muy personal, pero siento mucha distancia hacia el personaje que interpreto. No es una versión de mí mismo, solo hay detalles o guiños.

– La historia está concebida como una especie de western: dos personajes enfrentados en un saloon. ¿Cómo surgió esta idea?

D. B.: La idea empezó muy cerca de aquí [la entrevista está hecha en el Hotel Casa Fuster en Passeig de Gràcia, Barcelona], en el Restaurante Envalira de la Plaza del Sol, a recomendación de Lluís Homar. Una vez estando en el restaurante, un hombre alto, fuerte, de clase obrera me estaba mirando como en una película de Sergio Leone. Mientras hablaba con los camareros, noté inmediatamente que le caía fatal a ese hombre. De ahí nació la idea: me pregunté y si este hombre trabaja en la obra de la fachada de mi calle, ha observado durante meses mi apartamento y ahora me está esperando en este restaurante para iniciar un duelo. Ahí tuve claro el espacio, los personajes de mundos diferentes y la idea de narrarlo como un western de palabras. El tema fundamental y lo realmente personal de esta película es el fenómeno de la gentrificación.

– ¿Y se ha mantenido esta idea durante diez años?

D. B.: Sí, es un tema que me ha perseguido todo este tiempo y me sigue interesando. Es un tema que me marca. Siempre me he sentido de fuera desde que abandoné la ciudad donde crecí: Colonia. Ahí soy yo plenamente, en los bares de ahí, mi acento es de ahí. En Berlín hay situaciones en que puedo sentir cierta incomodidad, porque noto que vengo de otro país. En Barcelona me ocurre lo mismo, aunque también he vivido una temporada aquí.

– ¿Cuánto de los nervios que tiene el protagonista antes de viajar a Londres, tuviste tú cuando fuiste al casting con Kevin Feige (para Civil War) o Ron Howard (para Rush)?

D. B.: Estaba bastante nervioso en ambos casos. Siempre quieres engañarte a ti mismo y pretender que no sea así y muchas veces lo notas después. Por ejemplo, en la primera reunión con Ron Howard en un hotel en Londres, pedí un té negro y al empezar a beber, noté que estaba templando y entonces fui consciente que ellos ya veían que yo estaba nervioso. Por debajo hay muchos nervios, pero hablando puedo estar como si nada, tranquilamente. Con Kevin Feige también tuvimos el primer contacto en un hotel de Londres y estaba nervioso porque es el mandamás de Marvel y soy fan desde Iron Man, pero no lo conozco tan a fondo. Ahora bien, ninguno de estos dos casos son los que me han servido de inspiración para la película, son otros proyectos en los que me trataron así: mandándome solo tres frases del guion, sin réplicas de los otros actores y sin explicar nada del personaje. Ahí te sientes muy humillado. Con Marvel y Ron Howard nunca me sentí así. De hecho una productora de Marvel es una de las llamadas que recibe el personaje en la película, porque no me funcionaba ningún actor para interpretar a un representante.

La puerta de al lado

– La puerta de al lado también ahonda en cómo las celebridades sobrellevan la fama. Tras 20 años de carrera, ¿cómo sobrellevas el éxito y reconocimiento público?

D. B.: Hoy en día ha cambiado mucho porque hay que tener mucho más cuidado por el tema de las redes sociales. Hay mucha locura con gente que se obsesiona. Por otro lado, también hay mucha gente que ha cruzado una línea y no tiene respeto ni educación y ni siquiera comprende que está haciendo algo incorrecto. Este pasado verano en Ibiza un turista francés se escondía el móvil en el pelo de su pecho para hacerme fotos mientras comía con mi mujer e hijos. Si me hubiese pedido una fotografía, no hubiese tenido ningún problema en hacérmela, pero violó mi intimidad y fotografió a mis hijos que no quiero que salgan en ninguna parte. Ahora bien, si no eres Johnny Depp, que no es mi caso, y si no eres muy torpe y sabes evitar ciertas situaciones, como eventos o momentos complicados, es muy manejable. Si esto es el precio que tengo que pagar por hacer algo que me encanta, bienvenido sea.

– El protagonista de la película ha trabajado con Wes Anderson. ¿Te gustaría trabajar con él? ¿Con quién desearías rodar?

D. B.: Sí, me encantaría. Y la lista es eterna. Por ejemplo, le enviamos el guion a un amigo de Michael Haneke, se lo enseñó y tuvimos feedback de un maestro como él: ¡está bien el guion!

La lista eterna incluye a Pablo Larraín, Sorrentino… Aquí en España me gustaría trabajar con Icíar Bollaín, Pedro Almodóvar, Fernando León de Aranoa, J.A. Bayona… Ahora en el Festival de Sevilla me encontré a Mathieu Amalric, que me encanta como director y es buena gente.

– Realmente la lista es larguísima.

D. B.: Sí, y en Estados Unidos también tengo muchos deseos.

– Para terminar, un pequeño balance de tu carrera hasta la fecha. Personalmente Good Bye, Lenin! y Salvador (Puig Antich) son dos películas que me marcaron mucho ¿De qué papeles te sientes más orgulloso y han sido más importantes?

D. B.: Estas dos que citas por supuesto. También Rush, porque fue un trabajo muy intenso. No tenía nada que ver con Niki Lauda, pero fue una experiencia muy bonita, también por todo el tiempo que compartí con él. Aprendí mucho sobre él, un hombre que no tenía miedo y que iba por el mundo sin preocuparse de la opinión de los demás. Me ayudó mucho tanto a nivel profesional como personal. Y otro papel muy importante es el de El sonido blanco, de Hans Weingartner, el mismo director con el que trabajé en Los edukadores. Fue como el inicio de todo y sigue siendo muy importante para mí.

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