23 de mayo de 2022

Críticas: Belle

Dos miradas para una belleza de película.

Ser o no ser: un dilema atemporal, por Yoel González.

A estas alturas, coexistimos con la consustancial liquidez de una globalización y una digitalización que, cada vez a ritmos más frenéticos, acrece e impacta en nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a comunicarnos, exponernos o escondernos detrás de pantallas que, pese a las ventajas que puedan aportar, no siempre dejan traslucir lo que hay detrás de ellas. Sin embargo, es una realidad que esta fusión entre lo real y lo digital solo hará que avanzar hasta límites aún desconocidos, por lo que no es extraño que en unos años vivamos a caballo entre nuestro mundo y esos metaversos que algunos empiezan a profetizar.

Mamoru Hosoda aprovecha este contexto, tan cercano para todos y a la vez con un margen futuro desconocido sobre el que imaginar, para construir el universo de su nuevo film. Presentada el pasado año en la sección Premiere del Festival de Cannes, Belle (Ryû to sobakasu no hime) nos sumerge en una historia de ciencia ficción ambientada en U. Este es un mundo virtual, cuyo lema aboga por vivir tu otro yo, en el que los avatares son creados biométricamente según las fortalezas de sus usuarios. Ahí entra Suzu, quién comienza a lidiar con una doble vida cuando, al entrar a formar parte de U, pasa de ser una introvertida adolescente de un pequeño pueblo rural que no llama la atención en su vida normal a un icono musical: Belle. Sin embargo, cuando se cruza con un enigmático usuario, la Bestia, Suzu verá cómo esa doble vida toma una nueva dirección.

Desde la primera secuencia de la película, con grandes similitudes a la introducción de Summer Wars (Samâ uôzu, Mamoru Hosoda, 2009), se siembran elementos que se irán desmenuzando paulatinamente: tras una breve introducción explicativa sobre U, nos adentramos de lleno en este colorido mundo virtual con un espectacular número musical liderado por una hermosa y talentosa Belle, a quién la multitud vitorea y aclama casi como una deidad inalcanzable mientras pasa sobre ellos sobrevolando en una ballena gigante ese universo líquido. Ahí, observamos esa veneración no tan distante de la realidad que algunas personas profesan por sus ídolos, tan solo alcanzables y conocidos por redes sociales. No obstante, también se aprecian dos motivos aparentemente intrascendentes pero que cobrarán fuerza en el discurso del film: la canonización de un ideal de belleza y el cante. El primero, Hosoda se atreverá a destruirlo, pero no sin antes hacer una aclaración: esa belleza que a unos les parece física no es más que el reflejo de lo que reside en el interior de la persona. U potencia esas fortalezas de los usuarios, por lo que ese atractivo de Belle no es más que la bondad, la amabilidad y el deseo de amar de Suzu. El segundo, dedicado a interpretar temas pegadizos y emotivos, se revelará como un recurso de caracterización de personaje -dimensionándolo y uniéndolo a ese pasado trágico- y se irá hilando con la historia hasta ser la clave para el desenlace.

Partiendo de ahí, el director japonés regresa a las constantes de sus anteriores obras. Por un lado, mantiene ese diálogo entre dos mundos o realidades que, si bien son distintas y con sus particularidades diferenciadas con una variación en el estilo de la animación, están conectadas y tienen un impacto recíproco. A diferencia de en anteriores casos como El niño y la bestia (Bakemono no ko, Mamoru Hosoda, 2015), este vínculo no es fruto de la fantasía, sino de una realidad pareja a la nuestra donde aquello perpetrado en la red puede tener impacto en el día a día y la normalidad del individuo. Por otro lado, reaparece la importancia del tiempo a través del impacto del pasado sobre el presente y vinculado, al igual que Kyûta en El niño y la bestia, a un acontecimiento traumático como es la muerte de la madre de Suzu.

Todo esto se va trabando con una libre adaptación de La bella y la bestia, relato de la escritora francesa Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve múltiples veces llevado a la gran pantalla. Esta vez se actualiza para acomodarlo a nuestra contemporaneidad y hacer uso de los elementos introducidos de ciencia ficción para darle una vuelta de tuerca. El espectador es capaz de presenciar escenas dentro del imaginario creado por el cuento y popularizado por la versión animada de Disney, mientras que atiende a otros momentos míticos que se reimaginan para el beneficio de la historia y la coherencia del discurso. Así, un hecho tan memorable como la transformación de la Bestia se reinterpreta para, tras un instante muy emocional que abraza la humanidad, hacer una reivindicación del ser real que no se oculta tras fachadas, máscaras o pantallas.

Ese dilema shakesperiano del “ser o no ser” es una de las cuestiones que subyacen con más fuerza en el trasfondo de una obra que mantiene claras resonancias con nuestro mundo digitalizado y con graves problemáticas latentes en nuestra sociedad. Cómo afecta internet a nuestra autoestima, a nuestra identidad o a nuestras relaciones; cómo la ocultación tras una pantalla permite que la gente a veces pierda el temple y sus agitados ánimos sentencien como jueces sin licencia; cómo muchas veces no conocemos ni un ápice de por lo que otra persona está pasando; cómo es la imagen que creamos contradicción de aquello que somos… Todas ellas son preguntas o reflexiones que se acaban desprendiendo de la narración para apelar al espectador. Al final, todos nosotros somos personas, no avatares, y quizás la única forma de aceptarlo sea, así como Suzu, a través del amor por el prójimo y el respeto mutuo a nuestras imperfecciones y a nuestras fortalezas.

La ocultación híper-visibilizada de Belle, por Néstor Juez.

Su retrato de la angustia adolescente y su inseguridad a la hora de lidiar con su visibilidad en Internet son los elementos más apasionantes de una notable Belle. Ambientando su ficción a caballo entre el mundo real y un universo virtual frondoso lleno de color y apariencias físicas extraordinarias, Hosoda propone una atinadísima reflexión sobre las identidades de Internet, así como el comportamiento que los usuarios llevan a cabo bajo ellas. En un contexto tonal tan habitual en el cine de animación japonés contemporáneo como es el del relato melodramático entre adolescentes acomplejados y sumidos en tormentos psicológicos, se siembran las bases de una reflexión apasionante sobre los efectos tóxicos que sobre estas personalidades tienen las redes sociales, situando la acción en una realidad digital sumamente ambiciosa.

Toda una puerta de escape dónde todos pueden ser lo que quieren, donde su avatar permite expresar la mejor versión de sí mismos. Una ventana a una vida paralela dónde ser hipérboles de aquello que no pueden llevar a cabo en la vida real. Mundo sin barreras ni límites, donde hasta el más pequeño puede conseguir la mayor repercusión, siendo observado e idolatrado por todos los habitantes de esta realidad. Y sin embargo, esta maximalización de la persona se lleva a cabo desde una condición irrevocable: el anonimato. Miles de personas te ven, te juzgan, te emulan o persiguen, pero nadie sabe quién eres. Y no hay mayor amenaza hacia el personaje por parte de la autoridad de este mundo al que accedemos desde una aplicación que la de exponer nuestra identidad en el mundo real.

Dos son los pasos que la heroína debe llevar a cabo la protagonista de la poderosa Belle para superar las barreras autoimpuestas que la impiden ser feliz. Entrando en el universo de la aplicación podrá expresar en todo su potencial sus rasgos y aptitudes (otro análisis merecería el papel determinante que juega el deseo de cantar para revigorizar a sus personajes de confianza y poder). Y una vez esta placentera y explosiva híper-visibilización está asentada, el viaje del héroe sólo puede concluir desde la aceptación última de uno mismo, presentándose en tu esencia sincera ante la sociedad e integrando la opinión que todos ellos puedan tener de ti. La ocultación se destruye, ya no hay nada que esconder. Y si bien no dispongas para ello de una deslumbrante versión colorida de Matrix, o no te veas integrado en la dinámica de La Bella y la bestia, todos podemos aprender de esta experiencia y seguir sus pasos.

Un pensamiento en “Críticas: Belle

  1. U es un nombre curioso para un mundo de ficción. No sé lo que significa en japonés. En inglés suena a tuteo. En el alemán suizo es un prefijo con significado elativo: u guet = buenísimo. U es pues un mundo superlativo como los que se merece Néstor con su belle crítica.

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